OPINIÓN

Manuel Belgrano: Prócer, liberal e industrialista

En esta columna, el periodista y docente platense, Guillermo Fernández, rescata la figura de Belgrano como hombre de la nueva política (de su época), y no como se empeñan los textos escolares en reducir su figura al creador de la bandera.

El «industrialismo» de Belgrano tiene uno de sus mayores alegatos en la Memoria presentada al Consulado en 1802. Foto Télam/InfoGEI
El «industrialismo» de Belgrano tiene uno de sus mayores alegatos en la Memoria presentada al Consulado en 1802. Foto Télam/InfoGEI

La Plata, 13 Ene (Por Guillermo Fernández*/ InfoGEI).- Las ideas que animan el sistema político y el rumbo de la economía de un Estado o un gobierno no necesariamente deben acarrear la ruina o la fortuna de un país.

Manuel Belgrano, Mariano Moreno y San Martín, hombres jóvenes, modernos y de la nueva política de su época, fueron convictos liberales en los albores del sistema capitalista, pensamiento que expresaron tanto en sus escritos como en  su abnegada entrega por la causa de la independencia política, la soberanía económica y la justicia social. 

Influenciados por la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos, creían en la organización republicana del Estado y la división de poderes, enunciada por Montesquieu. Y en la economía basada en el libre cambio. Pero impulsando la agricultura, la industria y el comercio, como puntales del desarrollo, el empleo y el agregado de valor a la producción nacional.

Fue Belgrano, uno de los principales animadores de la Revolución de Mayo,  el primer economista del Río de La Plata y el que con mayor claridad expresó estas ideas, aunque nunca tuvo mucha prensa en este rol en la historia oficial. Más bien fue ocultado.

La historia mitrista

Aún hoy los textos escolares se empeñan en reducir su figura al creador de la bandera y  el abogado devenido en militar con azarosa trayectoria en las campañas de Paraguay y el Alto Perú.

Sin embargo, durante su estancia de estudiante y flamante abogado en España estudió y debatió, con la intelectualidad de la época, los textos fundacionales de la ciencia económica: De la Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, y Máximas Generales del Gobierno de un Reino Agricultor, de Francoise Quesnay, que tradujo del francés en 1794, entre otras obras.

Sin negar la economía de mercado, hoy más vigente que nunca en la era de la economía digital y la globalización tecnológica, advirtió que Adam Smith era un conquistador más peligroso que Napoleón.

Intuyó que la división internacional del trabajo que proponía  permitiría a Inglaterra imponer la superioridad que había logrado con el motor de vapor aplicado a la industria textil  y al ferrocarril, y la monumental marina mercante creada gracias a la protección aduanera y al Acta de Navegación. Tecnología de punta, una red logística mundial y fletes baratos eran el sustento de un imperio en expansión que duró más de dos siglos.

Liberalismo nacional y popular

En este punto es interesante ver la interpretación del liberalismo “a la argentina” propuesto por Belgrano, sobre todo cuando este año se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín y el capitalismo emerge como sistema hegemónico a escala planetaria.

Consciente ya de la disparidad entre el centro y la periferia, vio con claridad que los tejidos del noroeste no podían competir con telares mecánicos; las carretas criollas con los trenes británicos y las deficiencias de un país sin astilleros y sin barcos con la “reina de los mares”.

Como Adam Smith creía que el trabajo y no la acumulación de metales preciosos era la base de  la riqueza de las naciones. Condenaba la primarización y la exportación de commodities, y sostenía que “todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse y todo su empeño debe estar en conseguir no sólo darles nueva forma, sino aún atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”.

Industrialismo

Poseía una mirada estratégica sobre el mercado interno: “si subsiste el comercio con el extranjero se llevarán el numerario, como ha ocurrido siempre”. y destacaba  que, “ni la agricultura ni el comercio serían, casi en ningún caso, suficientes para establecer la felicidad de un pueblo si no entrase a su socorro la oficiosa industria”, al defender el agregado de valor y el trabajo nacional.

Por eso afirmaba “no hay desarrollo si este ramo vivificador no entra a dar valor a las rudas producciones de la tierra y materia y pábulo a la permanente rotación del comercio, que cuando se hayan regularmente combinadas, no dejarán jamás de acarrear la abundancia y la riqueza al pueblo que las desempeñe felizmente”.

Y para esta industrialización proponía salarios justos porque “el imperio de la propiedad reduce a la mayor parte de los hombres a lo más estrechamente necesario”, además de reclamar la educación estatal, gratuita y obligatoria de hombres y mujeres para formar “mejores ciudadanos”, con una instrucción adecuada para la sociedad del conocimiento de la época.

Cuando la “mano invisible del mercado” que proclamó Adam Smith hace 243 años continúa siendo “el manual del comprador escrito por el almacenero”, según afirmaba Jauretche, conviene refrescar la memoria con los escritos y la acción de un prócer, liberal e industrialista que cultivó estas de ideas y las adaptó a los intereses del Río de la Plata. (*) Periodista y docente. (InfoGEI)Jd

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